Hasta el año 2007 nunca había tenido un celular, no porque no me gustara sino porque pensaba que no lo necesitaba, tenía un negocio que funcionaba bien y constantemente recibía llamadas en la línea fija de TELMEX y cuando no estaba ahí es porque no quería ser contactado por ningún medio, y pensaba que si tenía un celular sería molestado a cualquier hora y en cualquier lugar.
Cuando traspasé el negocio contraté una nueva línea para mi casa pero la empresa se tardó varios meses para ponerme la línea y otros tantos para ponerme Internet entonces si necesitaba un celular, en un viajecito a Acapulco me compré mi primer celular un Sony Ericsson Z710i, de lo mejor que había en aquel tiempo y de lo más caro, porque me lo merecía, me gustó mucho la nitidez de su cámara fotográfica y saqué infinidad de fotos, las cuales utilizaba en mi Blog anterior y me acostumbré a usarlo todo el tiempo.
Me ha durado 4 años, lo compré en enero de 2007, y aún funciona muy bien y al parecer me servirá por un buen tiempo más y lo recordaré mucho más porque de alguna manera me salvó la vida en la semana que termina.
Debido a mis problemas de salud, a veces mi sistema endócrino me juega malas pasadas, pero el jueves pasado, fue algo atípico porque me dio una crisis durante la noche, mientras dormía, así que cuando desperté estaba muy mal, apenas si me podía mover, y no era un sueño de esos que sientes que estas despierto y no te puedes mover, no, estaba totalmente consiente y podía mover con dificultad mis brazos y piernas. Mientras intentaba recuperar el movimiento, toqué mi celular y pude llamar con alguna dificultad a mis familiares que llegaron en seguida y me llevaron al hospital.
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Acabo de leer de nueva cuenta el libro “Yo oí a los burros rebuznar” escrito por Marguerite P. Boyce, esposa del doctor James Boyce el fundador del Hospital de la Amistad. En el libro narra la historia de un viaje misionero donde los matrimonios Boyce y Wood llegan a Ometepec en un tiempo cuando no existían carreteras y la ciudad se limitaba a unas cuantas cuadras, a lo que ahora conocemos como el centro de la ciudad.
En ese entonces los burros jugaban un papel muy importante en la economía de la ciudad, la mayor parte de las mercancías que se necesitaban llegaban de los pueblos de alrededor por medio de estos animales, que ahora causan muchos accidentes carreteros en la región, pero que en aquel tiempo eran indispensables para el traslado de carga en los caminos y veredas donde grupos de arrieros los conducían llevando y trayendo los productos.
¿A qué vinieron ellos a Ometepec?, ¿Qué los movió a dejar la comodidad que tenían en los Estados Unidos y venirse a un pueblo perdido en las montañas del sur de México?... Pues la fe, eran misioneros de la Iglesia Presbiteriana y venían con la firme intención de propagar su fe en un pueblo prominentemente fanático de la religión católica y las supersticiones, y también con la intención de ayudar a la gente a curar sus enfermedades.
El libro da cuenta de historias desgarradoras acerca del sufrimiento de la gente, que llegaban cargados por sus familiares después de recorrer largas distancias, transportados en hamacas o en camillas, ya sea víctimas de alguna enfermedad o de algún grave accidente.
Ellos enfrentaron rechazo, agresiones y poco a poco empezaron a ganarse la confianza de la gente y se propusieron fundar un Hospital que durante varias décadas fue el único a 100 kilómetros a la redonda.
Es una historia cautivadora, donde el lector se hace una idea muy precisa de la mentalidad de la gente de Ometepec de aquellos tiempos que nada se parece a la caótica y bulliciosa ciudad que es hoy.
Aún podemos ver el Hospital de la Amistad, que en esos tiempos quedaba muy en las afueras de la ciudad, en un lugar céntrico comparado con el tamaño actual de la ciudad, y aunque el propósito con el que fue creado ya se perdió, aún sigue siendo un prestigioso centro hospitalario que recibe pacientes de lugares lejanos, ya que los hospitales dependientes del gobierno dejan mucho que desear.
