El Club de los Humildes

...sin pretensiones.

Dormitaba en el asiento del copiloto, iba hacia Marquelia, el domingo pasado. Iniciaba mi semana laboral que termina un jueves pero inicia el domingo, llevaba puesto el cinturón de seguridad, aunque para esto los infames taxistas me cobran dos pasajes, pero así es más seguro viajar.

El taxi salió lleno de Ometepec, iban tres personas atrás y yo adelante, en las curvas de La Calera me dio sueño y me dormí, desperté cuando el taxi se paraba en el crucero de Tenango, se bajó una pareja y el taxi siguió su recorrido, me acomodé en el asiento y volví a cerrar los ojos.

Cuando llegamos al crucero de Huehuetán, un hombre parado junto a una camioneta, de esas que traen ilegales de Estados Unidos, me imagino que le hizo la parada al taxi; me lo imagino porque el taxi se metió hacia la parada, al otro lado de la carretera, abrí los ojos justo cuando le hacía señas para que se parara junto a la camioneta, le preguntó si tenía espacio para dos; les dijo que si, y el mismo hombre empezó a meter unas maletas en la cajuela, después se paró entre el taxi y la camioneta como cubriendo algo, me empezaba a asustar, cuando bajó una muchacha y un joven, ambos afrodescedientes, pues la mayor parte de la gente de Huehuetán es afrodescendiente. Se subieron de prisa al taxi y le dijeron que se fuera lo más rápido que pudiera. Se estaban huyendo, eran novios.

Atrás venía una señora que les empezó a preguntar, por su hablar, se evidenciaba que era indígena, con un español recortado.

— ¿Ustedes se están huyendo verdad? — les preguntó.
— Si — contestó la muchacha.
— Hay pero porque se van _ dijo la señora — No se huyan, mejor háganlo de buena manera, tu mamá va a sufrir mucho cuando se dé cuenta.
— Es que las familias de ella y la mía no se llevan, son contrarios — respondió el joven — desde hace mucho tiempo.
— Si — dijo la chica — no me dejaban andar de novia con él, me dijeron que con cualquiera menos con alguien de esa familia.
— ¿Y a donde se van? — preguntó la señora.
— Nos vamos a Michoacán — dijo el joven — allá me darán trabajo, y pues allá vamos a estar.
— ¿Piensan regresar algún día? — preguntó la señora.
— Si — dijo la muchacha — hasta que mi mamá me perdone.

El taxista se fue muy rápido, y pronto llegamos a Marquelia, se bajaron en el sitio de taxis de Acapulco, tal parece que ya un taxi los estaba esperando. Los jóvenes se despidieron de la señora.

— Esperen — dijo la señora — les voy a dar la bendición en nombre de tu madre, ya que va a estar difícil que ella te la de.

Ellos no pusieron objeción, al contrario, creo que las palabras que les dijo calmó sus nervios y quizás hasta les dió ánimos para llevar a cabo la aventura que estaban iniciando.

— Que Dios los bendiga y los guarde — dijo la señora — que los ayude a ser gente de bien.

Me bajé del taxi, me fui a la oficina a trabajar hasta las 2:30 de la mañana y en mi mente seguía rondando el episodio de los muchachos Huehuetecos que huían para vivir su amor fuera del odio de sus familias, como una versión afrodescendiente de Romeo y Julieta.