El trabajo es doblemente desgastante cuando se hace de noche, eso lo sabía muy bien, y lo sentía mientras caminaba con un aire de fatiga que se hacía evidente en la penumbra de las calles mal iluminadas. Quien viera la silueta se imaginaría a un hombre viejo, enfermo, pero no, sólo era un tipo que tenía mala visión y tenía que caminar con cautela, para no tropezarse con los baches de las calles o de pisar una caca de perro, además estaba cansado, con sueño y pensaba llegar a su casa sólo a dormir.
Se subió a su transporte, aún era de madrugada, cuarenta o cincuenta minutos de viaje es bueno para dormitar un poco, contempló el cielo estrellado mientras sus ojos empezaban a cerrarse, de pronto la Luna Menguante apareció en su campo de visión y vio que le sonreía, se durmió pensando en la sonrisa de la Luna, una sonrisa cálida, tierna, inocente.
¿Soñó con esa sonrisa todo el tiempo?, quizás sí, pues estuvo completamente ajeno al avance del viaje, a las paradas que hizo el chofer, a la gente que subió y bajó, sólo despertó cuando escuchó que el conductor le dijo: “señor, ya llegamos” y sintió que la sonrisa de la Luna se alejaba, poco a poco se hacía luz, se esfumaba.
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enero 18, 2010
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