El Club de los Humildes

...sin pretensiones.

Hace un poco menos de un mes en una de mis visitas a la Ciudad de México, le comentaba a un amigo sobre la gran cantidad de niños de la calle que deambulan por allá buscando el sustento ya sea pidiendo dinero a los transeúntes o haciendo trabajos de calle a costa de su dignidad, el me dijo que no les dijera niños de la calle, sino “niños en situación de calle”.

¿Y qué diferencia hay?, el que los llamen de otra forma no les beneficia en nada; eso no les da educación, servicios de salud, una comida decente, no los recorforta, ni les ayuda en nada. Y empezó una discusión... yo disertaba sobre como la sociedad trata de amortiguar ciertos aspectos de las personas o deficiencias en el gobierno o la sociedad, no llamándole por lo que realmente es, sino cambiándole la definición para hacerlo más diplomático o que no suene tan desagradable.

En una publicación de 1997 apareció una opinión que habla sobre este tema que es vigente aún, ya que no hemos cambiado en disimular la realidad, tratando de guardar las apariencias...


México país de apariencias

Las apariencias engañan, reza el proverbio. Y en ningún lado es esto más cierto que en México. Aquí, lo que cualquier cristiano juraría que es una inundación es en realidad un “encharcamiento”. Las alzas no son alzas sino “ajustes de precios”. Los ciegos son “invidentes”; las prostitutas “sexoservidoras, los ancianos “personas de tercera edad”; las crisis “baches” o “coyunturas”; la manipulación “solidaridad”; los acarreados “simpatizantes” los porros “pseudoestudiantes”, y las masacres, “episodios”, sobre todo si ocurren en Guerrero.
Las empresas no despiden empleados: “practican la reingeniería”. La economía nacional no cae en recesión: “se desacelera” o “se contrae”. Los automovilistas no sobornan a los policías de tránsito: “se arreglan con ellos”. Los funcionarios no roban “desvían recursos del erario”. Los delincuentes no van a la cárcel, sino a un “centro de readaptación social”, aunque ahí nadie se adapte ni se readapte, sino todo lo contrario. Y, desde luego, en México no se lava dinero, solamente se realizan préstamos millonarios entre amigos, sin que medie un solo comprobante.
Si las autoridades reprimen con lujo de violencia a unos manifestantes, se trata en realidad de un “desalojo”. Y si obligan a los partidos políticos , sindicatos, bancos y demás organismos a aceptar una decisión, cualquier mexicano con dos dedos de frente sabe que allí hubo “concertación”.
Ándese con mucho tiento. Sus ojos y su razón se empeñan en darle gato por liebre, y mal hará en tragarse el anzuelo. Por más que su cerebro le asegure que el peso se devalúa, no se deje engañar: se trata de un “deslizamiento” o, a lo sumo, de “una ampliación de la banda de flotación”. No les crea a sus ojos cuando le digan que en México hay miseria: es nada más “marginación”.
En suma, digo digo, no digo digo , sino digo Diego. Es cuestión de perspicacia.
Sin embargo la perspicacia no basta a veces para distinguir la apariencia de la realidad. El nuestro es un país surrealista, y sería bueno que Carlos Fuentes nos echara la mano para interpretarlo.

Ramón Manuel González