
Exaltado hasta la locura, después de su triunfo del 2000, el enaltecido presidente del cambio, lo único que pudo cambiar fue su estado civil, para dar entrada a la mujer en el mando presidencial, aventando por la borda a la democracia y a la libertad que tenemos consagrada todos los mexicanos en el ejercicio del voto libre y democrático.
Metió el patrimonio y el poder de la presidencia para evitar el triunfo de otro candidato que no fuera del propio partido al que pertenece, utilizando, como era lógico, el dinero de la nación, porque violó el ejercicio de su mismo poder que le impedía intervenir en asuntos electorales, ya que en la presidencia de la república no se representa tan sólo al PAN, sino a todos los ciudadanos de este país.
Está acusado de corrupción y así lo hemos mencionado en diversas ocasiones en este espacio, como consecuencia de la dilapidación del tesoro nacional, ya sea haciendo nuevos millonarios como sus parientes y allegados, teniendo como botón de muestra las obras inútiles e inservibles que nunca realizó a totalidad durante su mandato, verbigracia la Enciclomedia, cuyo objetivo era llevar los beneficios de los sistemas cibernéticos a las escuelas desde jardines de niños hasta la educación superior; la mega biblioteca de Buena Vista. Ni tampoco prosperaron sus promesas de mejoramiento de la educación, salud y de las paraestatales que se fueron a manos de extranjeros, como la CFE y Pemex, cuya operación fundamental en contratos multimillonarios está a cargo de las grandes transnacionales y de hombres de negocios que vinieron de otros países a hacer fortunas inexplicables. También puso en manos extranjeras a la banca nacional.
Si pensamos en hacer un reconocimiento a los hombres que contribuyeron a la democracia y a la alternancia en nuestro país, suceso que tuvo lugar en el 2000, en un lugar especial debe de estar Ernesto Zedillo, que siendo presidente de México, emanado del PRI, reconoció el triunfo del PAN, lo que abrió una nueva esperanza con los nuevos sistemas de gobernar que habría de inaugurar el panismo, lo que jamás hubiera hecho Fox en el caso de que el triunfador en las elecciones del 2006, hubiera sido Andrés Manuel López Obrador.
Se pensaba que este ranchero analfabeta, con título patito de una universidad mexicana, que le dio un título al vapor cuando ya era presidente electo, con el fin de congraciarse con el nuevo rey de México, habría de ser una novedosa esperanza para la colectividad nacional.
Pero la realidad, ya Fox en el gobierno, no concordó con los pensamientos de paz y prosperidad de los mexicanos. Se concretó a ser el intérprete principal de una telenovela de amor, dar el mando a su consorte, a consolidar el nepotismo, a darse aires de líder mundial y a entregar el despacho presidencial para que otros manejaran el país, que, desde luego se dieron vuelo en el saqueo nacional, junto con la nueva y verdadera gobernanta que les dio carta abierta para que dispusieran a su antojo de la forma que mejor conviniera a sus intereses personales.
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